
“No muestres lo que hay detrás de aquel espejo, no tendrás poder, ni abogados, ni testigos.”
Canción de Alicia en el país
Serú Girán
“¿Qué aprenderemos en este capitulo? Algo en principio muy sencillo y al mismo tiempo complejo y difícil de entender, pero que es clave para poder avanzar. Primero: que la realidad no es fácil de percibir porque nunca es lo que parece. Segundo: que el conocimiento es conocimiento de la totalidad y de sus leyes de movimiento. Tercero: que el conocimiento es social, es decir, político y, por ende, peligroso. Cuarto: que una sociedad es una totalidad estructurada por relaciones jerárquicamente ordenadas. Quinto: que la sociedad que intentamos conocer, ésta en que vivimos, es un tipo de sociedad específica, el capitalismo, una de las tantas posibles, que funciona como todas, según una legalidad inmanente. Sexto, que es un fenómeno histórico y, por ende, transitorio.(…)
La realidad es una totalidad compleja y estructurada. Conocerla implica desentrañar sus partes constituyentes, entender las relaciones que las unen y comprender el funcionamiento de conjunto. La realidad social no es, en este aspecto, diferente de cualquier otra realidad. Una sociedad está también compuesta de relaciones jerárquicamente estructuradas: las relaciones sociales. Esas relaciones se asientan sobre un conjunto de potencias humanas, las fuerzas productivas, al mismo tiempo que necesitan ser reproducidas por otras relaciones, políticas e ideológicas, que ocupan la superestructura de toda la sociedad. Han existido muchos tipos de sociedad, conformadas por diferentes relaciones sociales de producción. El capitalismo es un tipo específico de sociedad de clases. Se caracteriza por el predominio de relaciones asalariadas, que implican la expropiación de los productores directos y la apropiación por unos pocos, de los medios de producción. El capitalista, el dueño de los medios de producción, extrae plusvalía a los obreros explotando su fuerza de trabajo. El capital se expande permanentemente. Por esa capacidad de expansión es que ha logrado conquistar el mundo entero. Nació hacia el SXVII en Inglaterra, lo que significa que no tiene más de 300 años de vida, aunque ha trastornado todas las condiciones en las que se desenvuelve la existencia humana. El progreso que el capitalismo ofrece a la humanidad es contradictorio, ya que se hace a costa del derroche inútil de la riqueza construida con esfuerzo y del sufrimiento, también inútil, de la masa de la población mundial.
El mundo capitalista, es el mundo de las mercancías. Una mercancía es un objeto corpóreo o incorpóreo al que se le atribuye un valor de uso, se le reconoce una utilidad. Las mercancías se intercambian siempre a su valor, según una magnitud dada por la cantidad de trabajo humano incorporado, medido en tiempo de trabajo. La proporción en la que se intercambian diferentes valores de uso constituye su valor de cambio, que se manifiesta a través de los precios. El precio de una mercancía no es más que una medida de la cantidad de energía humana que ha sido gastada bajo la forma de trabajo. Dicha cantidad no puede ser cualquiera: la sociedad sólo reconoce el trabajo abstracto y socialmente necesario, es decir, una determinada productividad del trabajo. Tras una apariencia de igualdad, una ilusión creada por el mercado, la sociedad capitalista se divide en clases. Una de esas clases, la burguesía, es la que domina el modo de producción capitalista. Se divide en fracciones y capas, según especialización y tamaño. En particular, hay que distinguirla de la pequeña burguesía, que no puede explotar obreros por su escaso desarrollo. La burguesía creó el capitalismo a partir de la acumulación originaria y lo transformó en el modo de producción dominante, destruyendo a todos los otros. El nivel de vida del que disfruta un burgués no está al alcance de las grandes masas y no se debe a nada que él aporte a la creación de la riqueza social (inventiva, capacidad de innovación, de organización, etc, etc…) sino a la propiedad de los medios de producción.”
Extracto de La Cajita Infeliz, E. Sartelli
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